Has visto palabras.

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Hacedores de mundos: Luces en el cielo.


Ander contemplaba las últimas luces del día acodado en la barandilla. En el cielo brillaban ya las estrellas, mientras bajo el enorme tapiz amarillo de la capa nubosa, que se extendía hasta el infinito, fulguraba de cuando en cuando el destello de un relámpago.

No era un día real, por supuesto. En un mundo que gira tan lentamente, que un día dura doscientos veinticinco días terrestres, la ciudad, flotando a cincuenta kilómetros sobre la superficie del infierno, y arrastrada por los vientos a casi cuatrocientos kilómetros por hora, vivía un ciclo día-noche similar al de una latitud media de la Tierra. A esta altitud, la presión es de una atmósfera y la temperatura comparable a la de la superficie terrestre, por lo que su traje no era presurizado ni isotérmico. Tan solo lo protegía del medio ácido y el abundante dióxido de carbono que lo rodeaba, proporcionándole soporte vital para respirar. Como la gravedad en Venus es solo ligeramente inferior a la de la Tierra, se sentía casi como en casa.

Miró la sombra recortada contra el cielo de parte de uno de los enormes paneles solares de doble superficie captadora, que durante el día recogía tanto la abundante luz procedente del sol como la reflejada por las nubes. Se perfilaba contra un cielo en movimiento en el que pronto apareció un punto extraordinariamente luminoso, su planeta natal, el astro que un día alumbró a la Humanidad y al que un ilustre miembro de la misma se refirió, varios siglos atrás, como “un punto azul pálido”.

Se acercaba el momento esperado, el inicio del proceso que cambiaría la faz del planeta para siempre. En ese instante todos los miembros de la ciudad flotante, que se mantenía gracias simplemente al aire de su interior, mucho menos denso que la atmósfera de CO2 en la que flotaba, se hallaban en la sala mirador, ante el enorme cristal panorámico. Todos menos él, que prefería la soledad del corredor exterior de mantenimiento.

De pronto aparecieron. Unas luces en el cielo, casi sobre el horizonte, anunciaban el principio de una nueva era, aquella en la que Venus sería un planeta habitable para el Hombre.
Muchas alternativas se habían discutido antes de dar vida al proyecto, desde la más burda, que consistiría en lanzar un enorme asteroide contra el planeta para despojarlo de su mortífera atmósfera, hasta la más sofisticada de introducir nanomáquinas que disociasen el carbono del oxígeno en las moléculas de CO2 y construyeran con este estructuras de nanotubos de carbono para hábitats espaciales a la vez que limpiaban la atmósfera y la llenaban de oxígeno, pero sin una gota de agua, lo que lo convertiría en una especie de Dune.

Se había optado por lo más inteligente. Esas luces en el cielo pertenecían a la entrada en la atmósfera de los primeros bloques de hielo de hidrógeno. Extraído de la atmósfera de Júpiter, licuado y “ensuciado” con hierro procedente del cinturón de asteroides, para luego ser congelado, había sido enviados en una órbita de colisión contra el planeta.

El hidrógeno reaccionaría con el dióxido de carbono para dar grafito y agua usando hierro como catalizador. El grafito se confinaria en carbonatos de sodio y magnesio, en un principio procedentes de las factorías de Mercurio.

Ninguno de los seres humanos habitantes de la colonia llegaría a verlo, pero un día, cuando la temperatura y la presión fuesen lo suficiente bajas, llovería. Habría charcas al principio, luego lagos y finalmente verdaderos océanos.

Volvió dentro. Cerró tras de sí la escotilla de la antecámara, accionó la bomba que eliminaba el dióxido de carbono sustituyéndolo por aire respirable y tras pasar por la ducha para eliminar el ácido sulfúrico del traje, se lo quitó y bajó a la ciudad. Se dirigió por los corredores, ahora vacíos, a su apartamento. Esa noche se durmió con la imagen de un Venus verdeazulado en sus retinas. Un Venus que no verían ni los nietos de los hijos de los escasos colonos, pero cuya primera piedra estaban colocando aquella noche.

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Una noche para recordar


Este relato es mi manera propia de recordar el trágico hundimiento del Titanic. El título hace referencia al original inglés de la novela de Walter Lord y la película dirigida por Roy Ward en 1958, A Night to Remember, que en España se tradujo por La última noche del Titanic y que, creo, es la única película que merece la pena ser vista sobre esta historia. Ambas obras constituyen verdaderamente un documento sobre lo ocurrido, sin edulcuraciones melosas de historietas de amor, etc.
Para la confección de este cuento me he documentado en varias fuentes, entre ellas un buen amigo que sabe mucho de barcos, de radio, de historia náutica y de un montón de cosas más. También en la página de otro buen amigo, radioaficionado y entendido en muchas cosas,, que por desgracia nos dejó hace unos años, pero que su página sigue siendo mantenida por su hijo como un homenaje. Particularmente leí este artículo, en el que se cuenta algún que otro detalle que no sabía: http://marenostrum.org/buceo/pecios/titanic/tenerife/index.htm. Ha sido un placer escribirla y espero que les guste.

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Intruso


Como a todos los miembros de su especie durante la mayor parte de su vida, le gustaba la soledad. Se sentía muy a gusto en medio del frío vacío interestelar, pero sobre todo adoraba zambullirse en lo más profundo de las nebulosas, allí donde la densidad es más alta, cerca de donde nacen las estrellas. Allí recoge hidrógeno y otros materiales, los procesa y los incorpora a su ser, esto es: come, y eso dispara un intenso impulso electroquímico que baña la complejidad de su exótico tejido cerebral produciéndole una sensación análoga al éxtasis. Por eso no se percató de la llegada del intruso.
De pronto estaba allí, recortado contra el fondo barrocamente caprichoso de los filamentos de gas ionizado. «¿Humanos?». Parecía improbable. Aunque había una colonia humana muy cerca, justo al otro lado del túnel que orbitaba la nebulosa, los humanos no solían acercarse a las nubes interestelares, y mucho menos adentrarse en sus profundidades. Después de cuarenta mil años de astrofísica humana, estos objetos, exóticos para ellos, habían dejado de interesarles.
Tampoco parecía tratarse de fantasmas, esas inteligencias efímeras que se forman en los campos magnéticos de las protoestrellas y las estrellas y con las que a veces se entretenía.
Lanzó dos microojos autónomos en direcciones diametralmente opuestas, para medir la distancia por triangulación, al mismo tiempo que medía su tamaño angular. Era enorme para ser una nave, a menos que la tripularan gigantes («o una colonia en busca de un sistema terraformable»), pues sus dimensiones eran comparables a la de una pequeña luna.
Desplegó las antenas y envió un mensaje de saludo en Código Estándar Universal, pero tras el lapso de tiempo requerido por la distancia que los separaba para recibir respuesta, esta no llegó. En su lugar el objeto comenzó a cambiar, pasando de su forma esférica original a adoptar forma de huso, con una de las puntas apuntando en su dirección. Solo entonces se dio cuenta de sus intenciones.
En un acto reflejo conectó sus impulsores a toda potencia. Al carecer de enemigos naturales, no poseía en su base genética ninguna estrategia especial que le indicara cómo realizar una maniobra evasiva, así que se limitó a poner distancia, a huir. Pero su enemigo era más rápido. Mucho más rápido. No sentía miedo, de nuevo por la ausencia de enemigos y por tratarse de una especie que no conocía la muerte, pero sí entendía a la perfección lo que esa criatura pretendía, y sabía que no debía permitirlo. Pero más allá de eso, poco podía hacer.
Su cerebro solo reaccionó como nunca jamás lo había hecho, y como nunca más lo volvería a hacer, cuando detectó aquel filamento luminoso saliendo del extremo de aquella aguja imposible, justo tras analizar su espectro.
«Antimateria».
«Las armas de antimateria están prohibidas. A no ser que…»
Un mecanismo en lo más recóndito de su cerebro se activó. Comparó lo que había visto: objeto enorme, cambio de forma, haz de antimateria reaccionando con la materia de la nube, con imágenes ancestrales guardadas en su memoria genética. Luego disparó una nueva ola electroquímica que volvió a bañar todos y cada uno de sus centros nerviosos, y por primera y última vez, mientras se acercaba el inexorable final de su vida eterna, sintió miedo.
Ahora sí sabía lo que tenía que hacer, aunque lo hizo de forma totalmente inconsciente: su sistema reproductor comenzó a funcionar a destajo, para lo cual su metabolismo se aceleró hasta cotas insospechadas. Calculó una trayectoria segura hacia la entrada del túnel y lanzó los millones de cápsulas que a modo de esporas servirían, en circunstancias normales, para sembrar una región con su progenie. Pero estas no contenían la secuencia genética para crear a su descendencia, sino un mensaje de alarma, de advertencia. Sabía que sus destinatarios al final del túnel, no eran los adecuados, si es que una de esas cápsulas llegaba hasta ellos, pero no podía hacer más.
En el último momento, cuando la afilada aguja de antimateria comenzó a destrozar su exoesqueleto protector, un pensamiento asomó a su consciencia, y una voz clara y nítida dijo: «Están aquí. Lo improbable ha ocurrido».
Al instante siguiente, dejó de ser.

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Más allá del Límite


Más allá del Límite está claramente inspirado en “Pícnic junto al camino”, la novela de los hermanos Strugatski, que sería llevada al cine (Stalker, 1979) y en la que se inspira además el videojuego Shadow of Chernobyl y sus secuelas.

La Anomalía, mi “Zona”, se halla en la península de Anaga, en el noreste de la isla de Tenerife, un macizo relativamente antiguo que alberga uno de los últimos reductos de laurisilva, un bosque del Terciario que antaño se extendía por la cuenca mediterránea.

Sus formaciones geológicas, la antigüedad de su flora y las leyendas de sus habitantes, son siempre fuente de inspiración.

A los buenos conocedores del lugar quiero decirles que, efectivamente, el caserío al que se hace referencia al final no está en el centro geográfico de Anaga. Pero es mi universo, y si, salvando las distancias, Clarke movió Sri Lanka hacia el sur para convertirla en la base de su ascensor espacial, yo también me tomo la libertad de moldear mi escenario.

A los entendidos en Historia: no estoy seguro de si era de Roque Bermejo desde donde se aprovisionaba a los submarinos nazis en la Segunda Guerra Mundial. He estado buscando, por ser estrictamente fiel a este dato, pero no he encontrado referencias relativas al particular. Así que ruego me perdonen el posible gazapo.
Termino esta introducción anunciando que próximamente estarán disponibles para su descarga las versiones en pdf y epub, y que en aras de mejorarlas, todo comentario y crítica constructiva serán bienvenidos.

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Impacto


Siete minutos para el impacto.

Las calles están desiertas. Los servicios públicos, incluso los esenciales, hace horas que han dejado de funcionar. No obstante, y a pesar de la ausencia de la fuerza pública, no ha habido pillaje ni saqueos. La gente ha decidido replegarse. En sus casas, en las iglesias, con los suyos en cualquier caso. Desde primera hora de la mañana al hospital han venido llegando familiares de enfermos a llevarse a los suyos a casa o a acompañar a los que no pueden ser trasladados. Paulatinamente el número de médicos ha ido disminuyendo. Sólo quedo yo. No tengo familia, ni padres, ni esposa, ni hijos… Mi familia son mis pacientes. Es la vida que elegí.

Seis minutos para el impacto.

Miles de millones de años de evolución para llegar a nosotros y todos seremos barridos de un plumazo. La guerra, la violencia, la envidia, el amor, la compasión, la inteligencia, la sabiduría… serán borrados en un segundo y para siempre. El planeta se recuperará, la vida no sucumbirá, pero esta forma de vida tan singular jamás volverá a aparecer. El último, hace sesenta y cinco millones de años, nos sacó de la umbría del bosque, dándonos la oportunidad de elevarnos a las copas de los árboles para luego bajar al suelo y edificar civilizaciones, crear dioses, librar batallas y sacar con cuentagotas respuestas al Universo. El cielo nos dio la vida y ahora el cielo nos la arrebata.

Cinco minutos para el impacto.

Cuántas deudas pendientes, cuántas palabras no dichas, cuántos malentendidos no resueltos. Cuántas carreras por terminar, cuántos hijos por nacer, cuántas promesas por cumplir…

Cuatro minutos para el impacto.

La anciana de la trescientos dos, la que tiene Alzheimer, acaba de llegar del colegio. Su madre le ha dado galletas y un enorme vaso de leche. Mañana será su cumpleaños y ha invitado a todas sus amiguitas. De mayor, dentro de muchos años, quiere ser enfermera para curar a la gente.

Tres minutos para el impacto.

¿Qué podríamos haber llegado a ser? ¿Habríamos dado con una cura de todas las enfermedades?; ¿habríamos logrado alargar la vida y la buena salud más allá de los cien o doscientos años, o quizá eternamente?; ¿habríamos llegado a superar las guerras, a dejar de matarnos inútilmente por diferencias políticas, religiosas o simplemente por codicia?; ¿habríamos llegado a las estrellas?; ¿habría triunfado finalmente la razón?

Dos minutos para el impacto.

Enciendo un cigarrillo, éste sí, el último.

Un minuto para el impacto.

Me niego a rezar. Nunca lo he hecho y no lo voy a hacer ahora. Además no tengo miedo, sólo una vaga tristeza. Siempre he sabido que iba a morir, como todos, y da igual hacerlo por cáncer de pulmón, por un accidente de tráfico o por el impacto de un asteroide. No, no da igual. La muerte individual comporta que otros quedarán para recordarte. Incluso la muerte colectiva en un bombardeo o en un campo de concentración, comporta que alguien mañana te recuerde, aunque sea como un ser anónimo. Mañana no habrá nadie que nos recuerde. Nadie llorará nuestra pérdida, nadie llevará flores a nuestra tumba ni recordará con cariño lo que fuimos. Nadie se emocionará escuchando nuestra música favorita. Nadie agitará un pañue…

IMPACTO

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